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María A. Leboreiro Amaro, Arquitecta

Hay infinitos ríos, no sólo por su número sino porque cada arroyo, riachuelo o río es en
cada instante diferente, el agua fluye y el fondo, la vegetación, las piedras y la luz
hacen que el río cambie de mil maneras, ya lo decía Heráclito: nunca te bañaras en el
mismo río. Sobre ese objeto fluido reflexionaremos, vinculándolo al concepto de
paisaje y su transformación a través del diseño.
Si aceptamos el paisaje como un concepto mediador que permite unir lo natural y lo
artificial, conocer y comprender el entorno y también como una interpretación cultural e
intelectual a través de la relación y la distinción de ambos aspectos, esto nos exige,
en cualquier circunstancia, analizar todas las variables posibles que influyen, que en
el presente caso, son múltiples por el propio objeto de reflexión. La percepción de
cada individuo, su formación y las distintas emociones que en cada momento le
provoca añaden complejidad al análisis. Basta pensar en “El río de la vida” una
película en la que el mismo río y el mismo espacio temporal producen en sus
personajes reacciones distintas, sin que en apariencia haya razón alguna.
El agua es la fuente esencial de la vida, no hay asentamiento humano que no dependa
de ella y el río es su principal conductor, por ello la elección, más o menos afortunada,
del lugar ha sido también la razón del mayor o menor éxito del asentamiento urbano.
La historia de la ciudad se ha escrito en su borde desde los tiempos prehistóricos y las
grandes culturas del Eufrates al lndo o el Nilo, en el que los egipcios distinguían entre
el fenómeno físico del río y su esencia vital y mágica. La historia de la ciudad se ha
escrito en su borde. Los romanos lo sabían bien, y elegían cuidadosamente los
emplazamientos y el agua con sus pequeños o grandes caudales contribuyó a crear
ciudad: Viena o Budapest y el Danubio, Roma y el Tíber, París y el Sena, Londres y el
Támesis, Colonia y el Rhin, Ourense y el Miño, la bondad de su emplazamiento ha
garantizado su evolución y desarrollo.
Pero si los ríos han sido soporte para la vida también lo han sido para la muerte, los
ríos ofrecen su agua saludable pero también han sido históricamente colectores de
detritus; basuras urbanas o industriales han encontrado un dispersor ideal en los ríos
y los han convertido en generadores de enfermedades, recuérdense las epidemias de
cólera de París o Londres que han puesto en peligro la existencia de la propia ciudad.
Su tratamiento, diseño y cuidado en la modificación de sus márgenes o fondo son
vitales para la pervivencia de la vida humana convirtiéndolos de amenaza en ventaja y
definen la relación del hombre con la naturaleza.

Esa faceta ha conducido a que el culto a las aguas se haya extendido a lo largo y
ancho de la tierra con la presencia de dioses, ninfas, animales míticos, el Greco al
representar a Toledo, no olvida pintar a un dios fluvial que derrama el agua y simboliza
el Tajo. El agua forma además parte desde antiguo, de los ritos de purificación y
regeneración, con un sentido dinámico más allá del reflejo en el lago o el estanque.

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Vista y plano de Toledo. El Greco

Los ríos admiten miles de representaciones desde las iconografías más antiguas y
también largas reflexiones: desde las que suscita su origen, el Danubio de Magris tras
un más que dudoso origen se convierte en el caudaloso río que difunde cultura a lo
largo de Europa, el Guadiana caprichoso aparece y desaparece ante la perplejidad de
quién no lo conoce o el “pai” Miño que recorre un país recogiendo todas sus aguas
hasta que se convierte en frontera y escribe su destino.

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El Miño en la frontera hispano-portuguesa

De las distintas funciones que acoge un río ésta, la de frontera que une y separa, se
muestra a menudo como barrera infranqueable y fortificada, en dónde sólo la actividad
económica, muchas veces, permite tender puentes, frágiles a veces, de madera que
todos los años se lleva la corriente, flexibles barcazas que van de un margen a otro,
puentes medievales de piedra que requieren el cobro de un peaje, hasta que el
tiempo, las relaciones y el conocimiento rompen la barrera y permiten recuperar la
continuidad del territorio o permanecen como una amenaza latente, nos lo cuenta Ivo
Andric en el “Puente sobre el Drina”, son espacios de lucha por el poder o en los que
incomprensibles razones religiosas se convierten en protagonistas de la historia.

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             Fortaleza de Valença do Miño                                                             Fortaleza de Goián

La historia nos recuerda el paso del Rubicón como una hazaña que cambió la historia,
pero hay también historias más humildes como al del río Limia, “el río del olvido” que
los legionarios romanos no querían cruzar so peligro de olvidar su pasado, la magia
del agua que todo lo borra.
Ríos frontera o ríos compartidos, Europa está repleto de ellos el Rhin, el Danubio, el
Escalda y también el Tajo, discurren por países y paisajes muy distintos, grandes
estepas, llanuras hostiles, encajonados a veces, a veces dando fertilidad a valles
amables, en los que los huertos y los caseríos se extienden humanizando el paisaje,
en un territorio rico y variado en el que al vegetación cambia con las estaciones, desde
el verde tierno a rojos intensos, las masas arbóreas cubren grandes extensiones con
sus copas y los arbustos y las flores se extienden completando gamas de colores
desconocidas en otros lugares.
Los ríos no sólo son origen de la variedad y riqueza de paisajes para nosotros
identificables. Más allá de esa variable perceptiva, los ríos han difundido y difunden
riqueza económica. Los puertos de Hamburgo, Amberes o Rótterdam en estuarios o
puertos interiores como Mulhouse han construido nuevos paisajes con sus coloridos
contenedores apilados que dan lugar a nuevas arquitecturas e imágenes asumidas por

nuestro imaginario reciente. Pero antes de llegar aquí los ríos han sido modificados, la
tecnología desde antiguo los ha ido cambiando en beneficio de la actividad comercial y
las comunicaciones, las esclusas dan fe de ello permitiendo que los barcos de
cualquier dimensión circulen y salven desniveles y pongan en contacto territorios antes
lejanos. Ríos grandes y pequeños son hoy navegables por el esfuerzo humano que se
refleja en la arquitectura industrial de sus bordes.

04                    Esclusa en el Rhin                                                                            Puerto de Hamburgo

El agua en movimiento ha sido desde siempre una importante fuente de energía para
molinos, batanes y carpinterías hasta llegar a ser, en la primera industrialización, el
motor de la industria textil, más tarde aparecerán los grandes saltos de agua que
inundan de luz las grandes ciudades y ponen en marcha los grandes polígonos
industriales del presente,
Y si en París el Sena ha sido objeto de una cuidada urbanización, embellecida por
numerosos puentes y convertido en una referencia de la ciudad, el Támesis, en
cambio, no ha sido objeto de especial cuidado por parte de los diseñadores urbanos,
entregado a su función de crear riqueza a través de su puerto y aún hoy exige grandes
trabajos de ingeniería para dominar a la madre naturaleza reclamando sus derechos.
El Manzanares, ese despectivamente llamado aprendiz de río al que Salter hace muy
poco ignoraba: “A diferencia de otras ciudades Madrid no tiene río, las imponentes
avenidas arboladas son sus ríos, la calle de Alcalá, el Paseo del Prado”, si este es el
comentario a mediados del siglo XX, esto es lo que nos dice Charles Garnier en su
“Viaje a España” en 1868: ”Un río sorprendente en el que hay arena en vez de
corriente”, olvidando esa imagen tan conocida de las lavanderas y la ropa tendida.

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Vista del río con parte de Madrid y Real Palacio. Grabado s. XIX

Ambos comentarios están muy lejos de su imagen actual, convertido el río, a través de
su diseño en un parque urbano, sustituyendo la barrera física y contaminadora que
suponía la M-30, transformada en un magnífico espacio de ocio ciudadano, bien
trazado y construido, complejo y variado, multitudinariamente usado y ejemplo para
otras actuaciones.

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Calle 30. Río Manzanares

El ocio es una función que siempre se ha ejercido en los ríos: la pesca alimento y relax
para el espíritu, el paseo y al observación sosegada de la naturaleza, la alegría y el
jolgorio del picnic, el baño en el estado natural del río o progresivamente domesticado,
nos lo cuenta el “Jarama” de Ferlosio o las historias de la Playa de Madrid en el
Manzanares en el periodo anterior a la guerra civil o el baño urbano que nos lleva
desde las imágenes de los impresionistas franceses: placer, ocio y desenfado, hasta la
playa urbana de París, plenamente urbanizada y asimilada su imagen a la de una
playa marítima.

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                     Almuerzo a orillas del río.                                               Renoir Un baño en Asnières

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Playa de Madrid hacia 1932

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                    Playa urbana Río Sena                                                                         Playa urbana Río Sena

El Tajo no es muy diferente de otros ríos europeos en su variedad y asunción de
funciones. En su largo recorrido presenta hitos muy característicos, Aranjuez y su fértil
huerta, en dónde tenían lugar las fiestas reales, con las falúas como soporte y la voz
de Farinelli al fondo. Toledo con una configuración geográfica excepcional, ha sido
muralla infranqueable desde el tiempo de los romanos o su desembocadura en el Mar
de la Paja. Nooteboom en las orillas del Tajo recuerda a Slauerhoff y su deseo poético
de reposar al lado del río, donde la vida es sublime y lenta y es cantado en el fado de
Cristina Branco.

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          Vista de Aranjuez.                                                                                   Antonio Jolí Mar de la Paja

Toledo nuestro objeto de trabajo, está situada en posición preeminente en relación al
río, al igual que otras ciudades como Cuenca o Berna, en un espolón avanzado en el
territorio, está abrazada por el río y lo que es más importante a una cota mucho más
alta, una relación que implica múltiples lecturas y que exige una visión atenta y
sensible. Aún a riesgo de plagiar a alguien es preciso reconocer que cada ciudad se
ha representado a través de aquellos que la han conocido, la han amado e identificado
con ella.

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         Vista de Toledo. El Greco                                                                          Vista de Toledo. Diego Rivera

De ello Toledo, tan fotogénica y pintoresca, es un buen ejemplo. Después de una
primera mirada hay mil visiones posibles la de El Greco, dramática y sugerente, la de
Zuloaga sombría, apacible la de Sorolla o la colorista de Diego Rivera. Así pues, habrá
que dirigirse en primer lugar a mirar la ciudad y al río desde la cota más alta, desde el
sitio que otros lo hicieron, interiorizar la visión y elegir el plano de actuación, los
terrenos en la cota alta volcada al río o las orillas más tranquilas, la ciudad consolidada
con sus vacíos llenos de posibilidades, las orillas que hablan del paseo, del jardín, del
deporte o del recreo o la vinculación y conexión entre ambos planos.

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Panorámica de Toledo

Siguiendo los pasos de la escultora Cristina Iglesias en su proyecto Tres Aguas que
después de analizar la ciudad y su relación con el río que la envuelve propone tres
intervenciones, en las que a partir de actuaciones propias anteriores, nos ofrece un
espejo en el que se refleja al catedral, un recinto místico en el convento de Santa

Clara en el que al luz y el sonido del agua en movimiento completan un paisaje íntimo
y cerrado y la Torre del agua, un espacio fabril, que si antes producía electricidad
ahora ofrece una secuencia de experiencias visuales. En las tres actuaciones el agua
aparece y desaparece jugueteando con al vegetación petrificada, es el Tajo
aprehendido e reinterpretado.

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Tres Aguas. Plaza del Ayuntamiento de Toledo. Cristina Iglesias

Intervenir en el paisaje en un lugar tan complejo en el que conviven tantos elementos
exige una profunda reflexión antes de proponer, mirar con ojos nuevos para desvelar
las potencialidades que se nos ofrecen para reinterpretar y recrear un paisaje
construido a lo largo de los siglos por diversas culturas que se fueron no tanto
superponiendo sino integrando hasta convertirse en el aire que respira la ciudad, se
trata de descubrir el futuro en el gran pasado de este lugar.
No hay porqué realizar grandes intervenciones, basta una pequeña modificación en la
ribera, incorporar un bosque a un paseo, añadir una especie vegetal con una nota de
color, construir un pequeño muro de contención que permita situar un banco para
contemplar el agua que fluye o una plataforma para ver el horizonte. En definitiva crear
una secuencia de sensaciones.
No hay que olvidar nunca la importancia del lugar y sus relaciones. Paisajes, muchas
veces anodinos, se convierten por un agente externo en experiencias estéticas de un
gran nivel en las que los aspectos sensoriales adquieren relevancia. Sensibilidades
distintas conducen a experiencias distintas y de ahí la dificultad de la intervención que

exige puntos de encuentro y requiere no olvidar que el paisaje está en constante
proceso de transformación, no sólo artificialmente sino también en el estado de ánimo
de quien lo contemple. Si a cada uno, arquitecto, ingeniero o ciudadano el río y su
discurrir le sugieren cosas distintas, no podemos olvidar la innegable belleza de los
cursos de agua que nos acompañan a lo largo de nuestras vidas.

 

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