I.

 ¿Porqué ahora una evocación de la generación de planes generales de los años ochenta?, tan distante y en circunstancias tan diferentes de las de aquellos años; diferentes en el desarrollo de las ciudades y en el estado del pensamiento.

Más allá de alguna extraña circunstancia, tal como la sorprendente reposición de vigencia del viejo plan de Marbella de 1986 por sentencia judicial, si realmente estos planes suscitan algún interés debemos tratar de entender porqué.

Para mí, lo que pueden tener de ejemplar, no solo el de Málaga de 1983, tiene que ver con tres de sus características, que fueron posibles en las condiciones en que se elaboraron:

  1. Son planes cuyos enfoques y contenidos resultan de su propia investigación, y se legitiman por sus objetivos propios y por el modo de intervención que se desea en cada determinada ciudad.
  2. Son planes selectivos en sus intervenciones, no sistémicos ni exhaustivos en sus pretensiones. Corresponden a la noción urbanística culta e instrumentalmente muy elaborada de intervención.
  3. Son planes de urbanismo; urbanos, no multisectoriales.

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1.– La ley del suelo bajo la que se trabajaba en la época era concisa, escueta, pero permitía elasticidad sobre el enfoque y el tipo de plan que se quería elaborar (que ahora llaman “formato” de plan). De esta manera el Plan de Málaga pudo orientarse decididamente a los contenidos que el diagnóstico y los deseos sociales reclamaban, y que el Ayuntamiento articuló políticamente.

Ahora los planes generales están obligados por ley a ser omnicomprensivos, exhaustivos, sistémicos en su comprensión y definición de la ciudad, y, aún peor, deben incluir todos los sistemas sectoriales de la actividad pública. Así lo ordenan legislaciones concebidas por quienes, ignorando el estado actual del pensamiento científico, sostienen con pretendida inocencia el valor de lo sistémico aplicado a lo social, creen vigente la estructura unitaria de sistemas, están anclados en referencias tan falseadas como la escuela ecológica de Chicago y otros positivismos, con la pretensión de llevar a la realidad su utopía tecnocrática de control administrativo integrado e integral del territorio.

Se ha alcanzado la aberración de dibujar los planes generales de ciudades en autocad, con la ingenua ilusión de estar resolviendo la ciudad a la escala 1:1, y vamos camino de hacerlos en REVIT como quien proyecta un Airbus.

Por comunicarlo mejor con una expresión simplificada, hemos dicho a veces que el Plan General de 1983 fue más bien un plan especial de reforma interior de la ciudad. No es una calificación precisa, porque el plan se ocupó también y en gran medida del crecimiento y de las infraestructuras y servicios generales que habrían de soportarlo. Pero sí fue esa la actitud planificadora que respondió a la demanda social del momento y marcó los contenidos y resultados principales del plan. Claro que en la ciudad “a reformar” entendíamos incluida también la “ciudad jurídica”, la ya planificada y aún no ejecutada físicamente, los disolventes planes parciales con los llamados “derechos consolidados”, tantas veces más difíciles de reformar que lo ya construido con hormigón.

La legislación urbanística de aquel momento, anticuada e insuficiente pero más sensata que las posteriores, permitía la libertad de planificar con sentido aplicado, es decir, sin perder la referencia a las decisiones sociales y políticas que motivan la acción pública de ordenar cada concreta ciudad.

2.– Selectividad y estrategia: el pensamiento burocrático y sistémico que viene inspirando y decidiendo nuestra actual legislación urbanística, desconocedor de (o insensible a) las experiencias de aciertos en la planificación urbana aplicando conceptos y criterios de selectividad, ha impuesto un modo desdiferenciado de ordenación en las ciudades, como si todos los barrios, zonas, parcelas, sistemas, incluso los edificios y cada metro cuadrado, requiriesen el mismo y único nivel de intervención, previsión y precisión.

Los logros aportados en las últimas décadas por estrategias selectivas, la capacidad analítica y propositiva alcanzada para seleccionar y concentrar la acción pública en contadas intervenciones de máxima capacidad inductora, son aquí desconocidos o conscientemente ignorados, y los planes de ciudades y territorios se ven ahora obligados a seguir normas de igualitarismo, homogeneidad y exhaustividad en la acción.

Entre los dibujos conservados del Avance del Plan de 1983 hay un plano especialmente ilustrativo -y querido-  del enfoque atento a la diferencia, a la heterogeneidad de la ciudad, que da cuenta de las características de aquél urbanismo, ya ausentes de nuestro planeamiento general. Es el plano donde, sobre la trama topológica de aspecto uniforme de la ciudad completa, están dibujadas las intervenciones en los lugares que reclamaban reconstrucción. Un plano semejante sería la imagen ejemplar del plan  general de toda ciudad.

 

3.– Como es bien sabido, Manuel de Solá-Morales teorizó y denominó, tiempo después, estos planes como propios de un “urbanismo urbano”. Esta búsqueda profesional de la ciudad de los ciudadanos, preocupada principalmente por los atributos que suscitan el agrado de las gentes al vivirla, se ha diluido hasta casi desaparecer en los modos de planificación impuestos ahora. La obligación de integrar en el plan de la ciudad, resueltos y dibujados a escala precisa, todos los sistemas sectoriales, obliga al planificador a la penosa e inacabable tarea de alcanzar pactos firmes con las administraciones y entidades competentes en autopistas, carreteras, ferrocarriles, metros y tranvías, carriles bicis, aeropuertos, puertos de mar con sus añadidos de bares y norias, energía en todos los estados físicos de la materia, hidráulica de ríos, afluentes y arroyos que van a parar al mar, agricultura, cultura y arqueología, salud y deportes, ecología, flora y fauna. De modo que el universo entero debe entrar en el Plan, pero no ya como elementos del territorio que deben ser tenidos en cuenta y contribuir y formar parte del orden urbano, sino en su condición bruta de competencias administrativas ejercidas, y casi siempre impuestas, por múltiples ministerios y consejerías autonómicas. Pretensión propia de una burocracia del disparate que, además de hacer inviable el planeamiento hasta extremos ridículos, traiciona y despilfarra la capacidad que había logrado la urbanística en su campo disciplinar.

Y no hablemos hoy, para no complicar demasiado esta sesión, de la insoportable carga que es para un plan urbanístico municipal satisfacer las obligaciones, mandatos y tópicos, unos explícitos, otros ambiguos, impuestos por todos los POTAS y POTES que en Andalucía han sido y serán, que ya avanzan de nuevo desde Jerez de la Frontera por la costa malagueña.

El plan de 1983 no hubiese servido para regenerar la ciudad y reorientar su desarrollo si se hubiese formado al dictado de los modos hoy requeridos por la ley; quizá ni siquiera hubiese podido alcanzar la aprobación de la autoridad autonómica.

II.

Éste es un taller de paisaje, y, como se ha traído a evocación el Plan de Málaga de 1983, intentaremos ahora encontrar en él lo que pueda ser de provecho para el taller. También parece obligado atender al lema de la convocatoria, ¿Roma?, ¿Málaga? Interrotta. Me esforzaré en hacerlo.

Ciertamente la discusión anterior sobre el enfoque y tipo de plan no es ajena a la cuestión del paisaje. El entonces llamado “urbanismo urbano”, instrumentalmente “de ordenanza y obra pública municipal” de la tradición municipalista moderna en España, ponía el acento, por su naturaleza instrumental y escala, en contenidos tangibles que no aparecen cuando se manejan sistemas abstractos.

Estos planes de ahora están sin embargo empujados a desconsiderar la diversidad y variabilidad de las formas urbanas (diversidad de orden físico y de formas de vida), debiendo atenerse a pautas igualitarias de orden universal inducidas por las abstracciones jurídicas y económicas a las que están sometidos. Pero las sociedades actuales son muy complejas, con su multiplicidad de redes de relaciones e interdependencias, y no se dejan conducir al orden social que imagina y calibra el planificador. Como es bien sabido, éste fue también el problema principal de la Arquitectura Moderna con su implícita, y con frecuencia declarada, utopía social. Como en tantas realizaciones del Movimiento Moderno, la idea de ciudad se redujo a esquemas geométricos incapaces de figurar la vida urbana imaginada y deseada por las gentes; de ahí la anomia del paisaje en las periferias y la sensación de desolación que suscitan los nuevos desarrollos urbanos.

Como hábitat humano la ciudad debe ser comprensible, esto es, arquitectónicamente diseñada y mentalmente representada por las gentes. Sin embargo las ciudades se encajan ahora en sistemas abstractos, que no pueden ser figurados en una presencia inteligible. Las estaciones de tren, que habían representado el acceso a las redes de transporte como idea actualizada de puertas de la ciudad, no significan ya nada porque no alcanzan a figurar otra cosa que la idea del mercado universal, repetida por doquier en cualquier enclave donde encaje. O cuando la función de los puertos como acceso de personas y mercancías a los enlaces marítimos se intenta representar con bares y comercios, acompañados o no de norias gigantes, y siempre de palmeras. Los iconos, gráficos y anuncios que crecientemente exhiben prepotentes los edificios muestran que la representación de los tiempos actuales no se puede lograr ya con el lenguaje formal de la arquitectura. Y cuando decididamente se pretende figurar en los edificios alguna condición de los tiempos que corren, sea el poderío de un consorcio multinacional o la soberbia institucional de un ministerio, no es en realidad a la arquitectura a la que se recurre, sino al diseño escultural de un objeto grande. Las relaciones abstractas de sistema no se pueden figurar ni en la arquitectura ni en las formas de la ciudad.

Y sin embargo, como lo dice Habermas, parece sobrevivir un concepto de ciudad que la gente sigue acariciando, y que podría volver a hacerla objeto de deseo. No en vano ha sido la ciudad, desde Ur y durante algunos miles de años, la condición básica para la socialización, la sede formal de la cultura y lo civilizado, que nos impregna a los humanos, nos envuelve en su condición estética y suscita el deseo de apropiación.

III.

La ruptura del Movimiento Moderno, con su incapacidad para entender lo que le sucedió y regenerarse, dio lugar a reacciones que buscaban disolver las ataduras de las formas arquitectónicas. El último tercio del siglo pasado fue el momento de los neohistoricistas, postmodernos, contextualistas, nuevos eclécticos, Hollein, Venturi, Krier…, que se presentaron como diseñadores de escenarios pintorescos buscando otros modos de figurar en sus creaciones las relaciones abstractas del sistema dominante que ya no podían ser expresadas arquitectónicamente.

Algunas características de esta posición, el culto a lo vernáculo y su preferencia por lo banal, están presentes en la experiencia de Roma Interrotta. Extraigo del material de la exposición de 1978 el siguiente texto: “¿Qué emerge? Una Roma irreal, fantástica, sugestiva, que augura que puede ser aún una oportunidad de reflexión y de investigación para los arquitectos italianos e internacionales…”

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Esta experiencia de 1978 y la del Plan General de regeneración de Málaga que iniciamos en 1979, coetáneas pues, tuvieron, como se hace evidente, intenciones dispares y recorrieron caminos divergentes. La reconstrucción proyectual “irreal, fantástica, sugestiva” sobre el plano de Roma de Nolli de 1748, como ejercicio de contextualismo, no permite suponer una voluntad de regeneración de la ciudad supuestamente detenida durante más de dos siglos. Imaginar ahora una Málaga detenida más de treinta años tampoco parece una conjetura adecuada a su buena ordenación. Si acaso, resultaría una Málaga “irreal, fantástica, sugestiva…” ¿una oportunidad de reflexión e investigación  para los arquitectos italianos e internacionales?, pero no parece que fuese éste ahora el entronque adecuado con el Plan de 1983, ni que resultase de ello el paisaje y la ciudad que la gente sigue acariciando.

© Damián Quero Castanys, intervención en el taller de paisaje. Málaga, 7 de octubre de 2016.

dquero@telefonica.net

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